SalemeraInquieta pero inmóvil,
dejándose empapar 
por la melancolía de la lluvia
de una nube caprichosa.
indiferente a las miradas,
me contó que lo amó.

Amó
sus caricias y su mirada de ebanista
buscando la perfección.

Amó
sus tertulias, sus silencios,
y sus instantes de evasión.

Amó
el calor de su cuerpo, 
el humo del cigarro 
la mancha de vino que en una esquina tatuó.

Amó
el abrazo del abrigo a su respaldo y
la ramita de romero que asomaba del bolsillo
y embriagaba la habitación.

Amó
las noches en penumbra frente al televisor y
su indecisión matemática con el mando a distancia
que nunca tuvo explicación.

Amó
la delicadeza con que disimuló su cojera,
ser su descanso y su guardián desde el rincón.

Pero ahora,
atrapada en la soledad de una calle de doble sentido
exudando recuerdos con cada rayo de sol,
reprimiendo pensamientos locos de un corazón
que pierde color.

Expuesta al deseo de quien viene y va,
al baile de las hojas en otoño,
al exilio del vuelo de un ave.

Ahora
espera junto a una blanca pared
inquieta pero inmóvil
a que una palabra punzante
la tiña de rojo,
y le cuente que él también
la amó.       
                 Lucía Gopal

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