Remi
Hacía muchos años que no veía a Remi, un viejo amigo de la infancia, corresponsal de guerra, que fue jubilado por una bala de 45mm. mientras cubría el ataque de los pacíficos sobre la población que estaba desorientada y un poco tensa.
Aquella noche en el café, la tertulia era embriagadora, como el tinto que se mecía en la copa de vino. El vapor de las palabras se mezclaban con la danza de humo del cigarro que reposaba plácidamente en el cenicero de plata.
Remi relataba la revuelta Mau Mau y como se había hecho pasar por un miembro de la etnia Kikuyu, cuando sacó de su bolsillo recortes de periódico que dejó caer sobre la mesa. Papeles arrugados por el poco espacio que le concedía aquel monedero de chaqueta, pero que mantenían intacto el color azabache de la tinta.
Entre titulares y anuncios, observé que también había alguna necrológica, en la que, con asombro, acerté a leer mi nombre.
La noche se cerraba, apagando las luces del café y encajando las sillas unas sobre otras . Llovía.
Me despedí de mi viejo amigo y apresuré el paso calle arriba, sorteando las gotas de agua que ahogaban los adoquines, con la esperanza de llegar a mi apartamento antes del amanecer.
Subí las escaleras del viejo edificio, hasta el último piso y parado frente a la puerta de mi pequeña guarida escuche voces que salían de su interior. Me tembló el pulso, y metí mi fría mano en el bolsillo para sacar la llave y sorprender a los intrusos que habían ocupado mi hogar. Pero la llave no estaba, en su lugar guardaba el extraño recorte de mi deceso y entonces leí que ya habían pasado cinco años de su publicación.
Lucía Gopal
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